En todos los pueblos, como sucedía en el de Astérix y Obelix, los pobladores no son más que niños grandes que sólo piensa en holgazanear, jalar y pelearse. Necesitan de figuras paternales que les cuiden, sabios reconocidos que evitan que la comunidad se hunda en la más miserable, absoluta y desmadrada anarquía. Es lo que define la Real Academia de la Lengua Española con la palabra “estadista: persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado”.

El problema de la realidad encontrada es el descubrimiento de que todos los estadistas son políticos pero no todos los políticos son estadistas. Se echan en falta esos “Panoramix” que no busquen vacunas ni vitolas ni proclamas. Sólo tienen que ser garantes de la idea del orden basado en valores netamente humanitarios. Son los que, en tiempos de crisis, hacen de portadores de la poción mágica que nubla las disputas internas entre los romanos y hacen que olviden las próximas elecciones y piensen sólo en las futuras generaciones.

Si seguimos a Ortega, aprenderemos que el hombre de Estado debe tener “virtudes magnánimas” y, si somos partidarios de Gasset, sabremos que debe de carecer de las que él llama “pusilánimes”. Es el perfil del sabio Panoramix que siempre presta su apoyo a una causa o decisión que sea digna, ya sea liderada por romanos o por los galos. Falta nos hacen el francés Charles de Gaulle que, en tiempos ambivalentes, supo equilibrar la balanza para que no oscilara entre la noble aspiración de todo político a la unanimidad nacional y la obligación de ser el Jefe de una fracción enfrentada a otra.

Cuando un ser humano se levanta cada mañana con el espíritu del bien común, no le conmueven una emoción de censura, ni se queda en la “hibernación del standby” a la expectativa del milagro y, por supuesto, no estudia las mejores estrategias de manipulación mediática con su fiel equipo de comunicación. Una patria, a través de sus causas como dice Pepe Mújica y sin localismos como afirma el Papa Francisco, se construye siempre de abajo a arriba, es el único modo.

En la era COVID, más que toques de queda u obligar por decreto a que los políticos no vocacionales se queden en casa, sólo hay una solución ante un enemigo común: hacer las paces con el planeta y que renazcan los verdaderos estadistas que luchen por el alto el fuego entre países, pueblos y partidos. Ahora, más que nunca, se hace más contingente el lema de la ONU “Nosotros, los pueblos“, los que somos la base y corazón de la solución ante los problemas globales y nos convertimos en la única defensa posible de sus valores perdurables y garantes de la misión común de un mundo mejor.

En tiempos del nuevo cólera, toda persona tenemos derecho a un nivel adecuado de vida que asegure a nuestra familia la salud y el bienestar, la asistencia médica y, sobre todo, nos proteja si llegamos a perder los medios de subsistencia por circunstancias independientes de nuestra voluntad.

Comparto por estos medios el concurso que ha lanzado la red social de fotógrafos Ágora el concurso #TheWorldWeWant (el mundo que queremos), donde miles de personas compartieron su visión del futuro que esperan para el planeta. Las imágenes finalistas están expuestas en la sede del organismo en Nueva York y resaltan la búsqueda de una nueva realidad donde todas las personas prosperen en paz, dignidad, igualdad y en un planeta saludable.

Para las personas que salen en las Plazas mayores pidiendo libertad ante las restricciones de movilidad les invito a ver a la “abuela feliz” que quiere que el mundo esté lleno de alegría sólo provista de un ukelele. A los que no consideran esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre los partidos políticos les enseñaremos una manos unidas que convierten nuestros defectos e inseguridades en fortalezas. A los que sólo ven fronteras e ideologías les mostraremos otras culturas y les ayudaremos a crear nuevos recuerdos que les durarán toda la vida.

Luchamos por las causas sin olvidar que lo importante es ser CONSCIENTES que todas nuestras acciones tienen consecuencias. Necesitamos seguir aprendiendo los unos y los otros y que todo no se quede en el cajón desastre de las buenas intenciones.

Nuestra obligación como padres, personas y ciudadanos es dejar un mundo mejor para que nuestros hijos cumplan sus sueños y transmitirles los valores necesarios para que sean la mejor versión para conquistarlo.

No temamos ese mañana y, como se expone en una carta firmada por muchos hace tres cuartos de siglo, si cumplimos con el deber de comportarnos fraternalmente los unos con los otros, los derechos nos vendrán dados por añadidura.

“El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”.

Winston Chuchill, el poder de la palabra

Alberto Saavedra CXO imita.es Chief Exponential Officer

blog.imita.es

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