Para llegar al MareNostrum, esa máquina de escribir que ahora piensa por y para todos desde Barcelona, tuvimos que comenzar por una máquina de escribir creada por Sholes sobre una mesa de costurera con su pedal incorporado. Su proyecto innovador tenía un objetivo doble: por un lado, evitar que la pulsación reiterativa de las teclas atascara el engranaje y, por otro, aligerar el trabajo de los copistas y escribientes de las oficinas del siglo XIX.

Sholes asignó letras a las teclas con una combinación perfecta que permitía que casi todas las palabras del alfabeto pudieran escribirse usando las dos manos. Inventó el Teclado QWERTY que aprendimos a tocar la generación de la Mecanografía y la Taquigrafía, tan denostada por el teclado «a dedo» del Whatsapp, y que adquirió, previo pago al inventor de una suculenta soldada, la fábrica de armas Remington & Sons, proveedor oficial de los cañones más innovadores de la Guerra de secesión.

La empresa siguió creciendo y su división de armamento sigue siendo en la actualidad una de las mayores del sector. Sin embargo, la de máquinas de escribir, entre fusiones y absorciones, se diluyó en el limbo (acabó siendo Unisys), sobre todo por la electrificación de la máquinas que llegó con la entrada en el mercado de una empresa llamada Internacional Business Machines (buen branding con siglas), producto de la unión de varias empresas del sector y que comenzaron a trabajar para que esa «maquina de coser» comenzará a pensar.

En el otro lado de charco, la competencia se llamaba Olivetti, fundada en Ivrea, ciudad patrimonio de la Humanidad, por el Ingeniero Camillo Olivetti que, tras sus viajes a EEUU, quiso hacer en el piamonte italiano la primera fábrica de máquinas de escribir. Su razón de ser: una estética muy cuidada como lo demuestra el cartel Art Nouveau con el que se presentó la M11 en la Exposición Universal de Turín.

Pero su mayor innovación fue el Programa 101, la génesis del ordenador personal, lanzado con patente previa en el año 1969, admitida en la oficina con la denominación «perfeccionamiento en calculadoras electrónicas» y considerada como la primera programable del mundo. El equipo inseparable que soñó con crear un ordenador para todos estaba formado por Giorgio Perotto, Mario Tchou y el hijo del fundador, Adriano Olivetti. No hay que ser un genio para ser genial ni para discernir que, estos primigenios, son la auténtica inspiración de Steve Jobs.

El imperio que nos dejó en herencia y otros que lo secundan como Amazon, Facebook o Google (las Big Tech), cuentan estos días ante un panel de la Cámara de Representantes de EEUU, con la santa humildad y el carisma de sus emperadores digitales, la historia emprendedora de sus compañías. Por supuesto que todas representan el sueño americano de la Innovación pero también comparten otro patrón común: el dominio, abuso y control del negocio digital.

No es una cuestión sólo comercial o de competencia sino que oradan las posibilidades de creatividad, desarrollo e Innovación de las pequeñas empresas y se aprovechan de tener el exprimidor que obtiene el usufructo de la nueva esclavitud digital. Lo hacen de forma muy sútil como los antiguos emperadores: analizan los datos para buscar competidores, extraen el conocimiento de sus debilidades y anexionan el territorio por un puñado de dólares.

No es democrático tener la riqueza concentrada en pocas manos, quizá habría que volver a aquellos tiempos de la desamortización de Mendizábal o, más cercano, a expropiaciones por decreto como la de la abeja de Rumasa. Como decían los antiguos, Divide y vencerás, si se parten una multinacional es más fácil de legislar y, por ende, controlar. Otra opción es que, del mismo modo que en su día fagocitaron las ideas de Adriano Olivetti, cuando incorporar a sus plantillas a los mejores diseñadores e ingenieros y han copiado sus habilidades empresariales deberían de inspirarse también en su faceta más bella.

Adriano, al contrario que el emperador romano, concibió su fábrica más que como una empresa. Era un bien común, una familia, una visión que fusionaba la solidaridad y la vida. La fábrica era el centro de la comunidad y, de este núcleo, brotaban el resto de las facetas de la vida. Por eso concebía a cada trabajador como un bien sagrado, los trataba como personas porque sabía que si eran felices harían mejor su labor.

Ahora, el optimismo que gira entorno al ilusionismo digital de las Big Tech no sirve a los intereses de la comunidad y no nos han tocado buenos tiempos para la lírica. No se concibe de justicia europea que se condonen deudas tributarias al 1% a empresas como Apple cuando a un Autónomo de la UE se le imputa un 20% de apremio cuando deja de pagar sus impuestos trimestrales (con la falta que hace el dinero en casa). No vale el historicismo, ni el eclecticismo, ni ese regulacionismo antimonopolio que se queda en el cajón de las facturas impagadas para solventar el problema.

Quizá la solución la encontramos en otro fundador, el de la compañía de Jesús, cuando afirmaba que si Alcanzas la Excelencia, Compártela. Para San Ignacio dar lo mejor de uno mismo y compartirlo con los demás era fundamental. Crecer por medio de la cooperación es un aprendizaje tanto para la vida profesional como para lo persona. Este momento COVID es la oportunidad perfecta para que los gigantes digitales se rediman de sus pecados empresariales y devuelvan a la sociedad lo que les hemos regalado. No es responsabilidad social corporativa sino justicia, su solidaridad es necesaria como cuidado paliativo para la pandemia. Pueden usar su creatividad para hacer muchas cosas por la comunidad: fabricar vacunas, pagar rescates o patrocinar servicios sanitarios.

Son pequeños capítulos a escribir, como el que han escrito los gobernantes europeos en el acuerdo económico de resiliencia, pero conformarán es una gran obra para la posteridad. Aprendamos de grandes escritoras como Simone de Beauvoir que nunca esperó el aplauso de su Lettera 22 pero era muy consciente de que la vida de cada uno tiene valor siempre y cuando atribuyamos valor a la vida de los demás.

Cada carta que escribimos refleja nuestro espíritu. Procuremos que la escritas después de este momento de prueba, sean modelos de nitidez y belleza.

“Estoy por el completo a favor de mantener las armas peligrosas fuera del alcance de los tontos. Empecemos con la máquina de escribir.”

Frank Lloyd Wright, Arquitecto estadounidense,
inventor del término «arquitectura orgánica».

Alberto Saavedra CXO imita.es Chief Exponential Officer

blog.imita.es

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