Pongamos que nos encontramos en tiempos de la Primera Guerra mundial. El gobierno de una ciudad se encuentra ante una decisión complicada: o pactan con la República de Venecia, o bien, declaran la guerra. Finalmente, los gobernantes toman la decisión equivocada, pero los habitantes de la ciudad, confiados en sus líderes, continúan con su vida teniendo fe en su gobierno.

Esta es la trama de una de las obras teatrales de más renombre de nuestro Nobel Jacinto Benavente, «La Ciudad Alegre y Confiada«, continuación de otra de gran éxito llamada “Los Intereses Creados”, comedia donde denuncia la picaresca del poder y cómo los partidos políticos están entrelazados de tal forma que nadie tiene interés en desmontar el “Tinglado de la Antigua Farsa». En esta obra, el Desterrado, personaje que representa a un político conservador, exclama que las garantías de las ciudades son sus ciudadanos.

Obviamente, la obra es demasiado sencilla para compararse con la situación actual pero si esconde algunas de los entresijos del sistema en situaciones excepcionales: la obediencia al poder, la libertad del ciudadano y la asunción de responsabilidades políticas. En tiempos de pandemia, cuando vemos un político de provincias protestando porque no se pasa de fase 0 a 1 por culpa de los ancianos de las Residencias, la vergüenza nos domina.

Es evidente que son un colectivo que, desde el olvido de la falta de recuerdo sobre los cimientos de la sociedad del bienestar, no es productivo desde el punto de vista económico. Ellos fueron lo que comieron sin rechistar de su parte de las cartillas de racionamiento, han sido los que han mantenido con sus ínfimas pensiones a las familias de sus hijos en la penúltima crisis y no han dudado en renunciar a su vida para cuidar a sus nietos.

Un servidor no debe de entender mucho de Economía porque, a mi entender, ellos son el eslabón más productivo, sin ellos no seríamos nada de lo que somos ni tendríamos nada de lo que tenemos. El Secretario General de la ONU, que convive con su madre mayor, pide a los líderes el valor para no negar nunca los derechos humanos en la edad avanzada y anima al mundo a luchar contra esta «viejofobia» generalizada.

La dignidad de nuestra sociedad pasa por defender la vida y la salud, independientemente de nuestra edad. Todos somos necesarios, no hay nadie «prescindible«, ni jóvenes ni viejos. No podemos etiquetar a nuestros mayores como frágiles para justificar aparcarlos en una residencia con la excusa de que gocen de tranquilidad, orden y seguridad.

Más allá de las respuestas urgentes, en tiempos preñados de incertidumbre, lo mejor es hacer nuestra la mayor virtud de nuestros mayores: la antifragilidad. Este virus nos ha demostrado que, a pesar de lo frágil de su salud ante la COVID, su espíritu aguanta los choques y sigue mejorando como el vino y, como decía Taleb, son capaces de sacar un beneficio del desorden y el caos.

De hecho, esa virtud llamada antifragilidad se encuentra en la retaguardia de todo lo que ha transformado nuestra sociedad: las revoluciones, la innovación tecnológica, el éxito cultural, el crecimiento empresarial, los virus más resistentes y, por supuesto, nuestra supervivencia como especie.

Para resistir la vida, desde la Edad Media, con la excusa de acercarnos a Dios, hemos construido Bellas Catedrales que parecen cimentadas en una geometría compleja. Sin embargo, hasta antes del siglo XIII, no había más de cinco personas en Europa que supieran hacer una división. No había Arquitectos, eran los llamados Maestros de Obras que se basaban en reglas empíricas para averiguar la resistencia de los materiales.

Nuestros mayores son los Maestros de Obras de nuestra sociedad del bienestar. Por eso la inversión en su salud supone, como en la «investigación blue sky», apostar por el jockey, no por el caballo.

La vejez no es un negocio. Son parte esencial para el que show pueda continuar.

Sin ellos la SpaceX no puede alcanzar el universo.

«Mi señor y yo, con ser uno mismo, somos cada uno una parte del otro. ¡Si así fuera siempre! Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos, capaz de todo lo grande y de todo lo bello… Y a su lado, el servidor humilde, el de las ruines obras, el que ha de emplearse en las bajas acciones a qué obliga la vida… Todo el Arte está en separarlos de tal modo, que cuando caemos en alguna bajeza podamos decir siempre: no fue mía, no fui yo, fue mi criado.»

Crispin a Colombina. Los intereses Creados. Jacinto Benavente

Alberto Saavedra CXO imita.es Chief Exponential Officer

blog.imita.es

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