La Primera Cruzada comenzó cuando el Papa Urbano II, durante el Concilio de Clermont, hizo un llamamiento a la nobleza para recuperar los Santos Lugares y forjar una coalición europea para combatir a un enemigo común. Según los testigos presentes, cuando preguntó si pondrían su espada al servicio de Dios, comenzaron a decir «Dieu le veut» («Dios lo quiere«), que sería el grito de guerra de los cruzados.

En tiempos de compartir inventarios, se descubren las vergüenzas de una Unión Europea creada a golpe de talonario y en el que se nos hincha nuestro talón de Aquiles: lo social. Como muestra, la rotura de ligamento cruzado entre el Norte y el Sur creada por el Ministro de Finanzas holandés cuando culpa a España e Italia de la desgracia común. Al menos usó la virtud del perdón pidió por «no empatizar lo suficiente«. No se trata de empatía, sino de la compasión cristiana, raíz del sentimiento europeo, de padecer con el otro cuando lo necesita.

Si de etimología se trata, esa insuficiencia emocional desde Flandes nos interesaría más que derivara en un término de la misma familia, «simpatía«, que significa que «algo se da a la vez o en unión con», algo así como tener comunidad de sentimientos. Obviamente, no es momento de abrir las viejas heridas entre el Norte y el Sur en este LEGO europeo ni tampoco volver a la situación es la del 2008 de la crisis de «ladrillos de cara vista».

En la necesidad, como reza el dicho popular, es cuando se conoce la verdadera amistad y los europeos somos, al menos por la bandera que juramos, enemigos íntimos. Ahora, en nuestro Titanic se ha colado un polizón invisible y no importa si proviene de un aleteo desde un mercado chino o si es una mutación de un gusano de seda criado con hojas de morera. El efecto mariposa lo ha traído a viajar con nosotros y hay que sacarlo, ENTRE TODOS, de nuestro diario de abordo.

Como decía Oscar Wilde, «todos estamos en el mismo pozo pero sólo algunos miramos las estrellas«. Ahora, no es el momento de hablar de la «Non-Europa», aunque la UE no se encuentre CONVENCIDA de sí misma, sino de VENCER esta cruzada juntos y comprender que en nuestra bandera no hay una estrella para cada país sino que las 12 representan la perfección, lo completo, la plenitud.

De hecho, el creador de nuestra bandera Arsène Heitz, inspirado por Dios, tuvo la idea imitando la imagen de la Inmaculada Concepción de Rue du Bac, madre de Jesús de Nazaret que apareció en el cielo coronada de doce estrellas. El color azul representa la esperanza de las naciones y su disposición a la UNIDAD.

La Unión Europea nos dice que nuestra bandera también simboliza «los ideales de unidad, solidaridad y armonía entre los pueblos de Europa». Las palabras que nos identifican como europeos son la paz, esperanza, diversidad, libertad y respeto. De ahí nació nuestro lema: UNIDA EN LA DIVERSIDAD.

Al fin y al cabo, sólo son Palabras políticas que han sido el germen de la UE, Palabras económicas que nos han traído hasta el momento en el que nos encontramos y Palabras sociales que deberían, en los tiempos de un nuevo cólera, acompañar nuestro futuro. «Parole, Parole, Parole, Non cambi mai» que cantan nuestros hermanos italianos.

Si ya no nos queda la palabra, como escribía Blas de Otero, sólo nos queda nuestro himno, la ‘Oda a la Alegría’, escrito en 1785 por Friedrich von Schiller, un poema que celebra la libertad de los hombres para encontrar su destino y ser felices. Ocho años más tarde, un joven Ludwig van Beethoven descubrió el poema y le gustó tanto que quiso ponerle música culminando nuestra banda sonora.

Ahora, es la hora de que suene la sinfonía de la SOLIDARIDAD europea, de la dación en pago de las hipotecas del pasado, del «fresh start» de nuestras raíces cristianas: Si tu hermano pobre del Sur te pide un Plan Marshall, ponle música al estilo Lolita Sevilla, y al que te pide corona-bonos, no lo rehuyas, dale tu túnica y comparte sus deudas.

Este camino europeo de Santiago de cuarentena sanitaria, cuaresma económica y desierto social tiene que ser para todos los europeos o para ninguno. Uno sólo no puede salvarse, o los fusiles o las cadenas.

O la Venecia roja de la cuarentena o el agua azul de sus canales. O un infierno empedrado de buenas intenciones o el cielo azul estrellado de buenas obras. O negamos la cruz o la abrazamos.

Europa, sé tu misma. O nada o todo.

“ Cuando escribí mi novela El camino, donde un muchachito, Daniel, el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña villa para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de reaccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel, el Mochuelo era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional”.

“Un Mundo que agoniza” . Miguel Delibes
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Alberto Saavedra  CXO at imita 

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