Años antes del boom de las redes sociales, en uno de aquellos antiguos Títulos Expertos de la Universidad Carlos III de Madrid que versaba sobre Gestión del Conocimiento y Contenidos digitales, nos explicaron aquello de los seis grados de separación, una idea creada por Frigyes Kartinthy, en su cuento Chains, que fue el primero en proponer el germen de la teoría que el sociólogo Duncan Watts desarrollaría medio siglo más tarde en su libro Six Degrees: The Science of a Connected Age. 

Esta teoría, quinta esencia de las Redes Sociales, afirma que cualquier persona del planeta está conectado con cualquier otra a través de una cadena de conocidos de no más de seis eslabones o puntos de unión (lo que a nivel técnico llamamos nodos). Es decir, cada uno de nosotros sólo está a un máximo de seis niveles de separación de cualquier otra persona del planeta.

Por supuesto, como no podía ser de otro modo, algoritmos como el de Facebook se han encargado de refutar esta teoría y decidir que está en torno a 3,57. Obviamente, todo ello depende de la cantidad de amigos que se tenga pero la regla básica es que si tenemos 100 conocidos digitales podemos pasar un recado a diez mil personas.

En tiempos de coronavirus, que al parecer se puede propagar de 1 a 2, hay que tener en cuenta desde esta teoría hasta las redes neuronales o la teoría de juegos para buscar soluciones a esta grave crisis. Es lógico implantar una App, como han sugerido algunos políticos con buen criterio, para difundir de forma centralizada el estado de sitio pero, lo ideal en este caso, sería que los ciudadanos pudiéramos compartir información de los contactos físicos que hemos tenido durante las últimas semanas.

Sería muy sencillo casar, a través de una réplica de cualquiera de las redes sociales de mayor uso, los encuentros que hemos tenido y los actos públicos en los que he estado. Sin duda, sería la mejor prueba para detectar el COVID-19 hasta que lleguen esos ansiados test rápidos y se pueda aseguran los positivos. No es casual que haya varias personas infectadas que compartieron ubicación el día 8 en Madrid en los diferentes eventos multitudinarios, pero como no podemos volver atrás, lo único que podemos hacer es usar esa información para convertirla en conocimiento.

Si fuera necesario, en estado de alarma, los gobernantes se pueden saltar las barreras de protección de datos sanitarios y pueden seguir la trazabilidad de los ciudadanos pidiendo datos a empresas como Google que, con nuestro permiso tácito, guarda todas las huellas de nuestro camino cotidiano. Estos algoritmos de Big Data tan útiles para el marketing social y el networking nos pueden servir ahora para salvar vidas hasta que se puedan hacer test a la población de riesgo: sanitarios, mayores y personas con patologías previas.

La transmisión del virus se produce de un modo tan sencillo como el experimento que dirigió el psicólogo Stanley Milgram para demostrar que el mundo es un pañuelo. En nuestro caso, el paquete no se manda por correo sino que pasa de persona a persona y se está produciendo en la tasa de contagios el mismo efecto embudo que en los últimos envíos de Milgram. Por ese motivo, hay que confiar, a partir de ese momento, que los resultados se vayan mitigando en un par de semanas.

En el punto en el que estamos habría que delimitar dentro de los contagiados los que son «conectores» (personas que se relacionan con mucha gente) ya que la mayoría de nosotros, y más en la era del smartphonismo, no tenemos tiempo ni energía para mantener contacto directo con mucha gente y somos un nodo débil para la propagación en masa de un virus.

Corea del Sur, al que muchos tienen de modelo de contención, lanzó a toda prisa una APP para gestionar los contagiados en cuarentena y prevenir a los grandes propagadores que son, sin quererlo, responsables de brotes. Esta app coreana se denominó «protección de seguridad de autocuarentena» y aunque no cumplía los patrones de usabilidad se lanzó en menos de una semana y ayudó a las autoridades a prevenir infecciones.

Otros países como Argentina, en una primera fase, ya han lanzado una app, CoTrack, que cruza información GPS del teléfono móvil con la de otras personas que han sido contagiadas. El objetivo es marcar zonas calientes, brotes en tiempo real y avisar a las personas qué cuidados hay que tener. En caso de contraer coronavirus, si el usuario ya tiene la app, puede compartir sus datos a la comunidad para que, automáticamente, otras personas sean notificadas para que tomen las medidas pertinentes.

No obstante, la solución más rápida para la fase en la que está Europa y salvar lo datos sensibles puede ser la del MIT que al ser de código abierto elimina el riesgo de la vigilancia gubernamental. Se llama Private Kit: Safe Paths y aprovecha las ventajas de varios modelos de tecnologías de seguimiento de los contactos al mismo tiempo que mitiga los retos de estos sistemas.

La aplicación permite al usuario registrar su localización en el móvil. Si la persona está infectada puede compartir los movimientos con las autoridades sanitarias y ofrece al usuario información sobre si se ha cruzado con alguien con coronavirus.  Obviamente, para que de forma urgente esta APP (o cualquier otra que se lance), diera resultados habría que conseguir una suficiente masa crítica y eso sólo se consigue de dos formas: o que las tecnológicas cedan sus datos y sus servicios o que el Gobierno vía Real Decreto lo demande por obligación.

Ahora, como pone el letrero del despacho del Papa Francisco, no vale quejarse. En tiempos de Fuenteovejuna se decía que «Dios da pañuelo a quién no tiene mocos» pero EN ESTE MOMENTO, nos dará los medios para acabar con este diluvio vírico, salir del arca del confinamiento y respirar, en el nuevo mundo que se está fundando, el Verdadero Valor de la Vida.

«El Conocimiento es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas».

Edgar Morin.

Alberto Saavedra  CXO at imita 

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