En la vida, como en la empresa, la incertidumbre no es más que aquel conjunto de realidades que tienden a sacarnos de nuestra área de confort, porque no responden a nuestras rutinas organizativas o personales. Parece ser la mejor definición de este estado de alarma cual fiel retrato de la plaga que estamos viviendo (y no me refiero sólo a la epidemia vírica).

Sin embargo, me parece más acertada la definición de Zigmunt Bauman que, desde su visión de la humanidad en movimiento y consciente de que estamos separados pero juntos es capaz de predecir en sus libros el fin de la globalización tal y como la entendíamos hasta este gemelo 2020 como lo definía Nostradamus. El autor hace quince años ya explicaba que todas las ciudades de hoy son la capital del miedo, lo que podría suponer una paradoja, pero la realidad nos demuestra que la vulnerabilidad y la inseguridad no se eliminan con cortafuegos de Internet ni con alambres, cuchillas y vallas para contener el sueño europeo de nuestros vecinos africanos.

Desde nuestra propia fragilidad, debemos entender que el verdadero refugio se encuentra en lo que nos une, no en lo que nos separa. Los ciudadanos nos hemos convertido, según el creador del amor líquido, en «adictos a la seguridad pero inseguros de ella hasta tal punto que normalizamos el estado de emergencia«. Lo que padecemos no es más que una consecuencia natural del posmodernismo que hemos engendrado.

Como bien han dicho los garantes de nuestra seguridad nacional e internacional estos días, para una pandemia, al igual que para la crianza de un bebé, no hay «Manual de instrucciones» ni protocolo de actuación. Por este motivo, esta crisis hay que afrontarla al modo chino, como una oportunidad, y la actitud es la única respuesta. La parada nos tiene que permitir encontrar el verdadero centro que genere lecciones prácticas para el presente y nos renueve para salir fortalecidos de esta guerra sanitaria para reinventar con solidaridad el futuro.

Es evidente que, con este nuevo troyano, el vaso se ha derramado. Lo que era líquido se ha vuelto liquidez. La desgracia ya no es individual sino comunitaria, compartida, familiar. Lo que teníamos bajo control se ha convertido en una duda interminable y ya no nos sentimos gobernadores de nuestro barco. A la espera de que amaine el temporal, nos quitan el carné de capitán y nos dejan en prisión domiciliaria para velar por la salud de TODOS: tanto de los chinos como de los vecinos de nuestra manzana.

El truco diario del resiliente es alejarse de ese sentimiento de angustia de no poder planificar nuestra vida, de esa sensación de que nos dan todo hecho cual monarca medieval y de lo incierto de eso que nuestros abuelos llamaban porvenir. Ante la imposibilidad de comprender las leyes del azar y tornar la propagación no hay preguntas ya que existe una única respuesta posible: la Fe, la Esperanza y la Solidaridad entre los seres humanos reconvertidos en iguales por el virus.

Juntos tenemos que estar preparados para el escenario peor y ESPERAR lo mejor. Por eso lo importante en estos días es no bajarse de la bici aunque dejemos, de forma temporal, de dar pedales. Parar para seguir. Muchas veces lo que separa a los vivos de los muertos no es lo que llevan en la mochila, sino en la mente.

Como decía una banda gallega, de cuyo nombre no quiero acordarme, ANTE TODO MUCHA CALMA. Aunque, nos sintamos atrapados en el tiempo como Bill Murray, disfrutemos de estos «momentos excepcionales» en FAMILIA y JUNTOS saldremos de esta siendo más y mejores personas.

LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA.

«El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos, pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo».

Yasunari Kawabata. 1964.

Alberto Saavedra  CXO at imita 

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