La Tecnología, si es creada por el ser humano, debe concebirse con el «modus operandi» de ponerse siempre al servicio de sus creadores. Por eso es triste que, en una sociedad, por esencia y existencia injusta, empresas como BlueDot (Around the World, a movement is growing), apenas sean conocidas cuando están ayudando a salvar muchas vidas a través del Big Data y otras universales como Alphabet parecen ser la panacea del progreso de la humanidad.

La segunda no sé todavía muy bien cuál es su propuesta de evolución y progreso para el ser humano pero la primera, de origen canadiense, detectó la llegada del Coronavirus y sirvió para que los científicos chinos pudieran dar la voz de alarma y comenzar con el protocolo de prevención para que estas mutaciones no se transformaran en una pandemia.

Cuando se trata de prevenir el tiempo es el factor clave: el 9 de enero lo detectó la Organización Mundial de la Salud, el día 6 de enero el Sistema de EEUU y, una plataforma de «monitoreo de salud» de un barrio de Toronto lo detectó el día 31 de Diciembre (usó la mezcla de unos algoritmos de Inteligencia Artificial y las bondades del Machine Learning). Además pronosticó de forma correcta los saltos del virus de Wuhan a Bangkok, Seúl, Taipei y Tokio en los días posteriores a la aparición inicial.

Un algoritmo, como dice Cathi O’Neil, puede ser un «arma de destrucción matemática» que provoque el caos por su mal uso o puede ser algo muy positivo si no perdemos el rumbo ético y la visión humanista de la tecnología. Sólo es cuestión de un buen discernimiento que nos permita distinguir lo bueno de lo malo.

Por este motivo recibimos con alegría a sembradores de esperanza como la Fundación Ethia que nace con la vocación de ser un referente para garantizar que la Inteligencia Artificial se rija por criterios éticos, supeditada siempre a impulsar plataformas para que los ciudadanos puedan controlar los algoritmos y asegurarse de que son ecuánimes, sin sesgos y transparentes. Se trata de algo tan simple como «vigilar al vigilante”.

Como antesala de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial que lanzó el gobierno español el año pasado emulando a Emmanuel Macron nacen iniciativas privadas como Odiseia, Observatorio del impacto social y ético de la Inteligencia Artificial, con el fin de observar, prevenir y mitigar los desafíos del uso de la inteligencia artificial como oportunidad disruptiva para hackear nuestro futuro.

Estimo que, lo más crítico, es que la legislación vaya en paralelo con la tecnología pero, según escuché a Sundan Pichai la pasada semana en una entrevista en el World Economic Forum no se puede poner coto al desarrollo pero es algo demasiado importante para no intervenir. El CEO de Alphabet hace la mejor síntesis posible: «En este momento no tengo la menor duda de que la Inteligencia Artificial necesita ser regulada. Es algo demasiado importante para no intervenir. La única pregunta es cómo hacerlo».

En paralelo con lo que puedan ejercer las nuevas guías del Consejo Europeo de Innovación, el pleno gozo de la Inteligencia Artificial está por llegar, no se queda en el robot doméstico que cuide a nuestros mayores. El Horizonte 2020 de la IA pasa por la medicina personaliza a partir del análisis del genoma, identificar de forma preciso algunos tipos de cáncer y, sobre todo, que la tecnología haga de Nostradamus para predecir dónde ocurrirán los desastres naturales para salvar vidas y reducir los costes sociales (y económicos).

Siendo un aprendiz de voyeur de esta época tan avanzada, la enfermedad del mundo, la estupidez humana, sigue sin tomarse días de descanso. Me vienen a la mente las palabras de Luis Goytisolo cuando afirmaba en aquella Barcelona del siglo XX que «El mundo ha pasado por épocas peorestan boba como esta, nunca».

Luchemos por un uso responsable de la tecnología y soñemos con que la Inteligencia Artificial sea el camino del encuentro con una nueva creación de nosotros: aprendiendo de lo que hemos sido, a pesar de lo que somos y con el despertar de lo que seremos.

«Cuando los ordenadores tomen el control, puede que no lo recuperemos. Sobreviviremos según su capricho. Con suerte, decidirán mantenernos como mascotas».

Marvin Minsky. En la revista Life (noviembre de 1970).

Alberto Saavedra  CXO at imita 

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