El año pasado, la compañía que nos suministraba los «fosforitos» en nuestra infancia, STABILO BOSS, lanzó una creativa campaña en la que «subrayaba lo importante» de la vida de mujeres invisibles como Katherine Johnson que fue la responsable de la misión de la NASA de realizar los cálculos precisos para que el Apolo 11 regresara a la Tierra.

La Innovación, la Ciencia y la Tecnología nos llevan, en muchas ocasiones, a confiar en lo intangible, en lo invisible, en lo desconocido. En este tiempo, en el que se ha producido una catarsis global de la confianza y las personas no podemos ponerla en instituciones que, se supone, nos cuidan, nos constriñen y nos protegen, es normal que nazcan nuevos modos de intercambio como Blockchain que permite convertir todo lo disruptivo y digital en transparente y seguro.

Esta fuente de confianza llega al extremo de juntar a lobos y corderos, como sucede en el caso de la Red Alastria, simbiosis de enemigos íntimos para crear una «plataforma abierta». Por desgracia, estos macroproyectos, que parecen tan estratégicos, están abocados al fracaso. El producto final, un DNI electrónico que compartan setenta empresas y conviva con sus clientes, es complejo y difícil, aunque no imposible. Mi intuición me hace pensar que la innovación está por debajo de la superficie y saldrá a la luz cuando sea su momento.

Esta visión, es la que propone en su libro Francisco Pecorella, «De la idea al éxito«, una visión de la innovación en dos niveles, el primer nivel es el iceberg de la innovación y el segundo nivel es el alcance de la misma. Defiende que hay que separarla de la creatividad y que debe ser entendida como un proceso. Para ello cita a William Coyne, directivo de 3M, que decía que «lo que la creatividad es al concepto, lo es la innovación al proceso».

La parte de arriba, lo que vemos del iceberg, muestra lo que el cliente ve, lo que percibe, lo que es capaz de palpar. En la parte inferior está lo oculto, lo que se percibe sólo desde la empresa, desde los colaboradores, desde la potencia que supone tener un equipo arraigado en la cultura de lo que trasciende. Esa es precisamente la paradoja de la tecnología de nuestro tiempo. Es tan familiar y se integra de forma tan cercana en nuestro día a día que solo vemos la punta del iceberg, cuando todo se encuentra al otro lado de la pantalla.

Lo que muchas personas no saben es que los icebergs se pueden invertir. Cuando llegan a mares más cálidos, se produce una fusión en su interior y hacen que pierdan el equilibrio. Es un fenómeno extraño pero, con lo que se está calentando la atmósfera, está comenzando a ser más habitual. El iceberg protesta ante la barbarie del brasero climático sacando al exterior su parte más brillante y cristalina.

Quizá la solución que propongo a la injusticia climática no sea muy creativa al ser la misma que recomiendan los fabricantes cuando te acabas de comprar un colchón. Sólo se trata de girar y voltear el colchón para invertir las zonas en las que colocamos los pies y la cabeza.

Vivir por encima de los límites de la naturaleza nos puede llevar a que se haga realidad ese refrán castellano: «A quien tiene cama y duerme en el suelo, no hay que tenerle duelo».

Hay un momento para todo y un tiempo geológico para cada cosa.

«… Y en ese momento mis padres se dieron cuenta de que yo había sido secuestrado y se pusieron en acción inmediatamente: alquilaron mi habitación.». Allan Stewart Königsberg

Alberto Saavedra  CXO at imita 

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