Musarañas

Los griegos pensaban que, para que a una persona se le ocurrieran nuevas ideas, necesitaban el aliento divino. Se lo imaginaban como el soplo de las musas que hacía llegar la inspiración, elevaba la inteligencia y engrandecía la sensibilidad de las emociones. Las musas eran nueve hermanas, hijas de Zeus, el gran señor del Olimpo, y de Mnemosine, la memoria. Cada una de ellas estaba dotada de una especial habilidad y conocimiento al modo de esas Inteligencias Múltiples de Gardner que trabajan con nuestros hijos en la escuela.

 

Las ideas no sirven de nada si éstas no se ponen en funcionamiento al servicio de la sociedad. Para crear, tenemos que aprender a coger la hoja en blanco, escribir y tachar, trabajar, revisar y, sobre todo, compartir. No conozco ningún proyecto de éxito que nazca de la creatividad individual e independiente. Sin saberlo, muchas personas, en una especie de efecto mariposa, contribuyen a nuevos descubrimientos sin saberlo.

 

La esencia de la creatividad en nuestras empresas está en esos equipos de “musas” que ponen su ingenio, inspiración y esfuerzo para solucionar los problemas cotidianos, sociales y científicos. Los seres humanos no sólo nos movemos por necesidad o por deber. También nos movilizamos simplemente “porque sí“, porque nos gusta o nos motiva algo.

 

En el año 1875 un tal Alexander Graham Bell llamó a su asistente para tener la primera conversación telefónica del mundo. Cuando lo presentó a la Western Union le dijeron que su invento no tendría ninguna posibilidad de venta ya que no era más que un juguete electrónico.

 

¿Qué tenía Bell? Personalmente tenía la musa de la actitud emprendedora pero, sobre todo, tenía el espíritu de equipo para crear una organización que llevara su invento a todo el planeta. Después de veinte años ya había 5 millones de teléfonos en USA y la patente 174455 se convirtió en la más valiosa de la historia.

 

En España, cuando hablamos de patentes nos tenemos que remontar al siglo XV cuando se daban las “cédulas de privilegio” que otorgaba el rey a favor de los autores de una invención. La primera fue concedida por Isabel la Católica a un médico de Valladolid por el diseño de un molino de trigo, la segunda  al catalán Guillén Cabier por un instrumento de navegación y la tercera al burgalés Hernán Pene, por una herramienta que conseguía ahorrar leña durante el proceso de fabricación de azúcar.

 

Por cierto, el reconocimiento de Bell fue gracias al trabajo del italiano Antonio Meucci que, al no dominar el Inglés ni el mundo norteamericano de los negocios, no pudo proteger aquella invención que le permitía hablar con su esposa desde su despacho hasta la alcoba. La bombilla tampoco fue una idea de Edison, sino que se basó en la musa incandescente de Warren de la Rue que, a su vez, se basó en una idea de Humphry Davy.

 

Fleming es el autor de un fármaco que ayudó a ganar la guerra a los aliados pero no tuvo la suficiente información para proteger su penicilina. Pero fueron varias compañías farmacéuticas las que se lanzaron a fabricarla mediante un acuerdo comercial con las fuerzas aliadas.

 

Por suerte, el dinero no es la única musa motivadora de una actitud innovadora.  La musa principal es esa energía de equipo que lo cambia todo a la hora de conseguir lo mejor de cada persona, esos brotes verdes que hacen que la innovación suceda.

 

Si, como cuenta la leyenda, Walt Disney está crionizado, tendrá que esperar a que los científicos consigan la forma de descongelar el hielo de su corazón, ese proceso que en imita denominamos innovación en cadena.

 

El corazón de la Innovación está en las personas, en esa inclinación natural que tenemos cada ser humano para trabajar por una misión.

“Cuando uno conduce con verdadera pasión, lealtad y sinceridad, es mucho más difícil el puesto del que dirige que el puesto del que ejecuta, y es para eso que debemos formar y preparar a nuestros hombres”.

Juan Domingo Perón.

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