Capicúa

El parasimpático vocablo “Capicúa” proviene del catalán cap i cua, “cabeza y cola”. Los creadores catalanes querían, de algún modo, perseguir la gloria y quedar en nuestra memoria. Así lo hicieron y encapsularon en una palabra un refrán de nuestra sabiduría popular: en la vida podemos ser cabeza de ratón o cola de león, ser el primero en las pequeñas cosas o el último en las grandes.
Ya decía Freud en sus primeros estudios que “cuando tomamos decisiones pequeñas, siempre es ventajoso analizar los pros y los contras. Sin embargo, en los asuntos vitales, como la elección de la pareja o la profesión, la decisión debe venir del inconsciente, de un lugar recóndito dentro de nosotros. En las decisiones realmente importantes de la vida, debemos dejar que gobiernen las profundas necesidades de nuestra naturaleza”.
Esa es la destreza que denominamos en el método KaiZen de imita Inteligencia Intuitiva. Es aquella virtud que nos permite determinar lo que es más importante en poquísimo tiempo, incluso en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando pensamos en capicúas, lo primero que nos brota en el cerebelo son los números, la rentabilidad, el retorno. Eso sucede por una razón simple: cuando aprendemos las matemáticas, viven en nuestro cerebro para siempre. Pero los palíndromos no son sólo ecuaciones de segundo grado; también son letras, conocimiento, humanidad. 
Fue la imaginación y el ingenio de nuestros antepasados griegos la que logró que domesticaran la lectura directa o inversa, según el alfa o el omega, en un único vocablo: palíndromo. Su deseo era comunicar al mundo que se podía fusionar “palin” (otra vez, de nuevo) y “dromo” (carrera) en un único término. Ser innovador es, sin lugar a dudas, ser palíndromo, recorrer el camino en sentido inverso, ir a contracorriente de lo que marcan las normas establecidas.
En ese sentido, contrario a las agujas del reloj de su época, caminó la mente analítica de Charles Darwin cuando se planteó el amor como una cuestión científica. Cuando regresó de su épico viaje por el Cono Sur y se trajo en la maleta la “Teoría de la Evolución“, pensó en que podía hacer con su vida en Inglaterra. Sólo tenía dos opciones: buscar una mujer, casarse y tener hijos o consagrarse a la investigación científica.
Como hacemos en el mundo empresarial, cogió una hoja en blanco, trazó dos columnas y escribió a la izquierda los argumentos a favor del matrimonio. En la derecha, las ventajas de estar soltero. Después de realizar una revisión de la lista, decidió comprarse un perro.
Pero, nuestro cerebro es creativo, no se rige en exclusiva por la lógica, la razón y la analítica. Poseemos esa Inteligencia intuitiva que nos permite anticiparnos a los cambios, visionar los escenarios en los que viviremos en el futuro y, sobre todo, nos permite escuchar de forma activa ese “runrun” interior que nos lleva al mejor destino, siempre y cuando nos dejamos guiar por el faro de las sensaciones, las emociones y los sentimientos.
Por cierto, Darwin se enamoró perdidamente de su prima Emma con la que tuvo diez hijos, a pesar de haber decidido que el matrimonio no era parte de su vida y, como modo de dar testimonio de cómo la Inteligencia intuitiva le había cambiado la vida a feliz, escribió en el otoño de su vida, un brillante libro sobre los secretos de la Ciencia del Amor.

LUZ AZUL (Poema palindrómico)

“Arde ya la yedra, 
la moral, claro, mal.
 
No deseo yo ese don,
 
la tomo como tal.
 
No traces en ese cartón,
 
la ruta natural.
 

Arde ya la yedra,
la moral, claro, mal.
Amad a la dama,
la ruta natural.
¿Ávida de dadiva?
La tomo como tal. 

Arde ya la yedra,
la moral, claro, mal.
¿Osar ropa por raso?
La tomo como tal.

¿O sacáis ropa por si acaso? 
La ruta natural.
 

Arde ya la yedra,
la moral, claro, mal.
Átale, demoníaco Caín, o me delata.
La tomo como tal.
¡Ya… atar al raedor, y rodear la rata… ay!
La ruta natural”.

Julio González Cabillón 
1991

Alberto Saavedra

 CEO at imita
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